El otro día salí a patinar por Madrid, a disfrutar de la sensación de ver pasar la ciudad a tu lado veloz, de notar las distintas texturas del suelo que rueda bajo tus pies y el murmullo del aire en los oídos.
Esto del patinaje está resultando una de las mejores terapias contra el estrés de mis acúfenos, y todo gracias otra vez,
a Eva, que tuvo la feliz idea de regalarme unos patines sabiendo mi facilidad para la adicción a determinadas actividades. No sólo porque el runrún de las ruedas sobre el asfalto o el viento ya amortigua los pitidos, sino porque mientras patino estoy tan concentrado en rodar, esquivar y en todo lo que me rodea, que los acúfenos quedan relegados a un rincón bien apartado de mi conciencia, lo que es una bendición.
Según salí del trabajo me fuí a Avenida de América y desde allí recorrí el centro de la ciudad hasta el Palacio Real. Sobre esas ocho ruedas Madrid se presenta muy distinta a lo acostumbrado, con un nuevo aspecto basado en sus aceras, los baches y dificultades, la agradable sensación de esquivar a la gente dejándoles atrás en un suspiro mientras ellos se empeñan en avanzar paso a paso. Ese mismo recorrido que ya he hecho una vez con Eva, ella en bici, bien anclado su recuerdo entre las maravillosas tardes que hemos pasado juntos.
Y a la vuelta, ya camino del autobús que me devolvería a mi casa y de la realidad que se agarra a tí cuando te calzas las zapatillas de nuevo, me desvié de mi camino para entrar por una calle paralela a Diego de León y plantarme bajo la sombra del Hospital de la Princesa, bien firme, quieto, mirando hacia arriba, a la ventana por donde yo me asomaba en mi último ingreso hospitalario, el origen del acúfeno que sigue asolando mi vida. Esa ventana por donde miraba justo ese pedacito de acera, y envidiaba a la gente que paseaba, compraba, conducía, sin saber que allí estaba yo, calvo, agotado y asustado. Esta vez era yo el que estaba en la acera, con mi cabello recuperado hasta donde la edad permite, agotado de patinar y algo asustado, eso siempre. Pero allí abajo, con la fuerza suficiente para impulsarme rodando y para hacer el esfuerzo de intentar disfrutar de esas pequeñas cosas que tiene esta perra vida.
Y mirando hacia arriba me he hecho un gesto a mí mismo de ánimo, que quizá haya recogido otro paciente oncológico.